El aprendiz de bibliotecario

¿Sabes porqué me gustan las bibliotecas? Si quieres saberlo lee este post de mi blog.

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15julpedroz09

Debo admitirlo: de pequeño no existía el internet. Y en mi casa no había muchos libros. Pero un día me enteré que había un vecino que te rentaba las enciclopedias por un veinte para hacer las tareas. Y fui para hacer la tarea. Pero sus enciclopedias eran muy viejas.

Después me enteré que existían las bibliotecas. Por ejemplo, a la vuelta de la escuela, en la Libertad, existe todavía una biblioteca, que a veces está abierta, otras no, por falta de presupuesto.

Ahora es más fácil encontrar información, pero antes las bibliotecas eran tesoros de conocimiento.

Una de las cosas de la vida que más me gustaba de niño era andar en bicicleta. Lo que no es algo insólito en un niño, pero conforme crecía me iba alejando de mi casa más y más. Solía escaparme después de comer. En una ocasión me alejé tanto que ya empezaba a atardecer. Había cruzado el río Atoyac y pasé de Pueblo Nuevo hasta llegar a Manantiales.

No más de 5 kilómetros, pero para mí ya era toda una odisea. Allí encontré otra biblioteca, que solo pude visitar por diez minutos. Recuerdo que era una casa pequeña a la que tenías que subir por unas escaleras de metal muy empinadas, y justo enfrente de un parque.

En la secundaria tuve acceso a la biblioteca, pero como ocurre en muchos casos, los libros los prestaba poco para que no se maltrataran. Lo que si conocí en ese lugar fue la trova, que mi prefecto me presentara con la voz de Milanés cantando “Yolanda”

Ya en el bachillerato me tocaba hacer servicio social, así que pregunté si se podría hacer en una biblioteca, en una que estaba en el centro en la ex cancha de San Pedro. Antes un hospital, en sus espacios enormes los libreros y revisteros se veían diminutos. Me aceptaron como apoyo en la hemeroteca. Mi tarea era simple: acomoda las revistas en orden, si te piden un material lo buscas y lo reacomodas cuando lo regresen, recibir los recados. Y eso era lo que más hacía porque el encargado aprovechaba que estaba ahí y se iba a tomar sus copas en la cantina de la esquina. Eso no me gustó cuando tuve que irle a dar el recado hasta adentro del antro porque urgía su presencia. Fuera de eso me encantaba el lugar porque podía leer a mis anchas periódicos de otros años. Me encantaba el nacional porque tenía cuentos y poesías. Pero otros tenían historietas. Y ahí me enteré en los ochentas que aparecía la epidemia del siglo: el sida.

Pero me cambié a la Biblioteca Central, que quedaba a veinte calles de mi casa, más moderna, con más personal. Ahí mis actividades eran más variadas, pero me enseñaron el sistema de clasificación, y su director, el maestro Othón, era un intelectual que generalmente respondía mis preguntas sobre los más variados temas. Ahí fueron a tocar los Patita de perro cuando apenas estaban empezando. Ahí leí mucha ciencia ficción y vi por primera vez una araña viuda negra al limpiar la hemeroteca. Esa biblioteca se movió años más tarde al centro, a San Francisco: Biblioteca Miguel de la Madrid. La visité una vez y me enteré de la vida de algunos de los compañeros.

Para ese entonces ya tenía un par de libros, y uno de los retos era tener más libros que Bastian Baltazar Bux, de la Historia sin fin, ¡que tenía cien!

El haber sido, si no bibliotecario, aprendiz de bibliotecario, me dio cierto amor por las bibliotecas.

En la carrera me hice amigo del bibliotecario y, cuando lo cambiaron, también de la bibliotecaria.  La biblioteca de la Escuela de Físico Matemáticas estaba en el tercer piso de uno de los edificios junto a la 14 sur. Era el equivalente a dos salones de clase. En uno estaba el acervo y en el otro las mesas. Era un servicio cerrado en el sentido de que debías pedir el libro después de revisar el fichero. Pero a lo que a mi me gustaba era entrar a los libreros y pasarme horas hojeando a voluntad. ¡Cuántas horas me pasé ahí perdido entre los textos de geometría, de análisis, de divertimentos matemáticos, de álgebra abstracta!

En muchas ocasiones, en mis viajes, era obligatorio conocer la biblioteca del lugar, si la había. En cada universidad, en cada pueblo, en cada facultad. Este amor por las bibliotecas te hace valorar cada libro y cada espacio de lectura. Como el Consejo Puebla de Lectura que recupera su espacio en estos días.

Debo confesar ahora que no siempre he tenido una cámara en la mano, por lo que no puedo documentar gráficamente esas visitas, pero si puedo rememorarlas.

La última confesión es que envidio tres bibliotecas. La de Alejandro, con sus miles de volúmenes y con forma de biblioteca antigua y religiosa, que pongo en este post de portada. La de Domingo, con sus libros en Ruso de historias y ciencias de esas lejanas tierras.  Y la del maestro Pepe, construida en su jardín,  donde escribe matemáticas, y nunca me dejó entrar.

¿Cuáles son tus bibliotecas favoritas?